El final del mito de Pan Gu

Dramático y romántico. Para mí, esta versión tiene un GRAN final. Pero, ¿quién es Pan Gu? Aquí rápidamente lo que de él dice la Wikipedia:

En el principio no había nada en el universo salvo un caos uniforme y una negra masa de nada. El caos comenzó a fusionarse en un huevo cósmico durante 18.000 años. Dentro de él, los principios opuestos del yin y yang se equilibraron y Pan Gu salió del huevo, un gigante primitivo y velludo vestido con pieles. Pan Gu emprendió la tarea de crear el mundo: dividió el yin del yang con su hacha gigante, creando la tierra del yin y el cielo del yang. […] Después de otros 18.000 años, Pan Gu se tumbó a descansar. Era ya tan mayor que su sueño fue llevándolo lentamente hacia la muerte. De su respiración surgió el viento, de su voz el trueno, del ojo izquierdo el sol y del derecho la luna. Su cuerpo se transformó en las montañas, su sangre en los ríos, sus músculos en las tierras fértiles, el vello de su cara en las estrellas y la Vía Láctea. Su pelo dio origen a los bosques, sus huesos a los minerales de valor, la médula a los diamantes sagrados. Su sudor cayó en forma de lluvia y las pequeñas criaturas que poblaban su cuerpo (pulgas en algunas versiones), llevadas por el viento, se convirtieron en los seres humanos. Así, Pan Gu dio origen a todo lo que conocemos hoy en día.

Después de una introducción breve (como yo), les transcribo palabra por palabra el capítulo final de la adaptación de la leyenda de Pan Gu en la versión de la colección Yo Leo (plan lector) del diario La República (Perú). Ha sido una de las pocas veces en mi vida que un libro me hizo llorar en plena vía pública… bueno, en el bus.

*****

Por la noche, Pan Gu se dispuso a descansar con la princesa en el lecho nupcial. A la luz de una vela roja pudo admirar su increíble belleza. Ni bien estiró una de sus manos para acariciarle las mejillas, ella se hechó hacia atrás, sobre los cojines de seda. La princesa tenía miedo. El amor era un sentimiento nuevo para ella. Y sobre todo, tenía miedo de amar a un guerrero tan distinto a los hombres que acostumbraba a tratar en la corte. El pobre gigante quiso besar sus cabellos cubiertos con horquillas de oro, rozar sus labios, hacer a un lado los pendientes de perlas, pero ella solo se cubrió el rostro con ambas manos. No sabía cómo comportarse frente a aquel hombre de ojos dorados.

Pan Gu se levantó del lecho nupcial y caminó hacia la ventana, miró hacia el patio del palacio: uno de los sirvientes había aserrado un largo tronco de bambú y lo empleaba como caño. El agua salía del tronco en abundancia y regaba las flores perfumadas que rodeaban el palacio. El gigante, al ver el agua que bajaba a bañar las plantas, dio libre curso a su tristeza y lloró en silencio, sin pestañear siquiera. Lo había decidido: abandonaría el palacio al amanecer, pues no quería hacer más desgraciada a la princesa.

Chái Xing Huà (Flor Fragante) -susurró la princesa, de pronto, abrazándolo por la espalda. Pan Gu se sobresaltó.
-¡Qué dices, pequeña!
-Ese es mi nombre -ella había apoyado la cabeza en la espalda del gigante.
-¿Y por qué me lo dices ahora? -murmuró Pan Gu, por la respiración entrecortada, sin atreverse a mirarla.
-He podido oler tus lágrimas. Tenemos el mismo aroma, soy parte de ti, te pertenezco.

La princesa se deshizo de las horquillas, de los pendientes de perlas, y guió la mano del gigante hacia sus labios. Su mirada parecía una ola de otoño.

Y cuenten las ancianos que el gigante y la princesa vivieron muy felices en las lejanas montañas del sur de China, y que tuvieron tres niños y una niña.

Solo la pequeña heredó el aroma de sus padres.

*****

Coincidencia o no, me gustaría tener una primogénita. Aunque de nombre algo menos quemado como… Casiopea. n_n

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Publicado el 20 marzo, 2013 en Libros. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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