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Intentos de catarsis.

Molestia #27

No me molesta no haber sido primero en todo, apenas y un segundón, no haber tenido un futuro prometedor, no haberme convertido de pequeño prodigio en grandísima decepción, no haber superado las expectativas de quienes en un momento fueron tan cercanos a mí, no haberlos sabido retener sentando cabeza cuando huyeron de mí al haberme conocido en mis peores fases. No haber seguido una carrera rentable, no haber aprovechado las decenas de oportunidades por haber tenido miedo, callado o por mera indeferencia/apatía, no haber luchado por mis sueños, no haber dejado de lado durante décadas un rencor perpetuo hacia los dos o tres seres que por defecto casi siempre están por defecto en la vida de un ser humano promedio. No haber hablado de más o de cosas interesantes, risibles con mis amigos o con conocidos, no haber aprovechado contactos claves para ascender en la escala social, ni la suma de todas las decepciones y amarguras que me han causado aquellos en quienes he confiado ciegamente (y más aún durante estos últimos tres años). Ni mis complicadas y por lo general inútiles obsesiones, ni el no haber cumplido casi ninguno de mis sueños durante mi vida, ni el haber sido un mal padre/hermano. Ni la gente que se me fue, ni la que no está, ni la que no estará.

Sin embargo, sí me molesta el tener que volver, de una manera u otra o totalmente al contrario, a repetir a repetir a repetir (así, tres veces, el número de mi mala suerte en toda esta vida) otra vez el ciclo kármico y ser víctima semiconscientemente culpable de un proceso más de reencarnación.

No, incluso ni siquiera esa última verdad a medias y sin irrefutable comprobación científica me molesta. Lo que realmente no me molesta, sino que me pesa y me duele sobre cualquiera de las afirmaciones suscritas antes por mí es la frustración de no haber encontrado en esta vida otra vida diferente, algo ajena a mi contexto, que me haga sentir diferente, realizado, real, que me haga (des)gastar con antojo decidido y suicida la mía. Y más triste aún: estar desde hace muchísimo tiempo convencido de que esa vida existe, pero no en este universo. Y, ahora que lo pienso mejor, me molesta tantito el saber que esta vida no me va a bastar para llegar a saber u obtener la tecnología (o el dinero) suficiente para alcanzarla en la dimensión espacio-temporal “correcta”.

Eso… siempre y cuando haya la certeza de que el destino me haya “guardado” dicha vida ajena. No me molesta ser tan ingenuo, ¡puta madre!

Me molesta no ser nunca donde estoy. No estar nunca donde debo ser. Soñar solo, cantar solo, latir solo… sentirme único en este jodido mundo es a lo que yo no aspire cuando vine, pero es una realidad tan absurdamente categórica de la cual no tengo el valor -mas si las ganas, realmente MUCHAS ganas- de escapar. Quizá por eso aún no digiero el hecho de que soy proclive a un escenario (donde dejo de ser yo), a las canciones tristes, al género dramático y, las más de las veces, al silencio.

“¿Cuánto más debo perder, para que mi corazón sea perdonado?
¿Cuánto dolor debo soportar, para encontrarte otra vez?
Una vez más, cambian las estaciones y su color
Una vez más, nos hemos perdido tú y yo.”

Así reza “One more chance, One more chance”. Ya quisiera yo, pero la verdad es que hay otra canción que describe mejor la realidad que mi ¿triste? (sí, supongo que triste) realidad que tengo a riesgo comentarles.

Me largo a emborracharme a algún parque o bar hasta la inconsciencia. Dicen que hoy “me lo merezco”, aunque no sé si por ser este mi cumpleaños o por mi historia de vida.

Y nada. Saludos cordiales, mis amigos.

Dear MJ


(Si puedes, lee el post con esta canción de fondo, gracias :D)

Hace ya una década tuve el acceso romántico de levantarme a las 5 a.m. a la contemplación de la estrella de la mañana dizque en honor a La innombrable. Y bueno, si lo hago hoy es por la menos romántica y jodida razón de que el dolor de mis cuerdas vocales por el aire frío que se respira en días previos al equinoccio de primavera simplemente ya no me deja ni dormir en paz. Y con la música no se juega.
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Ha renunciado.

En la vida de una persona la tristeza se acumula aquí y allí, tanto en las sábanas puestas a secar, en los cepillos de dientes del baño, como en el historial de llamadas del móvil.

“Aún te quiero, incluso ahora… -así le escribí el email a la chica con la había estado desde hace 3 años- pero aunque nos enviásemos miles de emails nuestros corazones no se acercarían ni siquiera un centímetro”.

En los últimos años, he avanzado sin ninguna esperanza, tan solo para tocar aquello que no puedo alcanzar. Ese email me lo confirmó.

Sin entender porqué este amenazador pensamiento se puso delante, seguí trabajando. Cuando me di cuenta, mi corazón se endureció y perdió su joven vitalidad.

Y una mañana, cuando por fin me di cuenta de que había perdido todo lo que era hermoso, llegué a mi límite y dejé el trabajo.

renuncia

Miedos, reflexión… y Bogoshipda (7 años después)

Una tarde de verano de un otoño limeño cualquiera, como dirían Los Chabelos, me reuní con la mujer que por ese entonces me amaba, MJ, pues me había enterado tiempo atrás que tanto ella como sus amigas íntimas eran una especie de aquelarre que tenía el don de adivinar mediante sendos métodos la vida de una persona, y yo, siempre tan creyente de estas cuestiones esotéricas y poco científicas, le pedí que me adivinara el futuro.

Llegado el día, nos reunimos en un café céntrico, neutral (creo que porque andábamos algo peleados por una razón que ya no recuerdo) pero vacío, que era lo que al fin y al cabo nos era suficiente para nuestro fin. Tras preparar durante un momento su ritual de lectura y pedirme que las mezclara el envoltorio de lino en el que estaban, extendió las runas nórdicas sobre la mesa y tras interpretar durante un par de minutos aquellos extraños símbolos de formas caprichosas y ajenas a mi comprensión me dijo:

– No vas a salir del país.
– ¿Del país? ¿Nunca? -pregunté.
– No, nunca, de Lima sí, pero aquí dice que tu no saldrás del país. Lee el resto de esta entrada